Messi y la despedida que no alcanzó: duelo colectivo y la autoridad que escasea

Messi y la despedida que no alcanzó: duelo colectivo y la autoridad que escasea

El 6 de octubre, Lionel Messi jugó su último partido con la Selección Argentina en el Monumental. Hubo victoria, gol, ovaciones y lágrimas. Y sin embargo, en los días siguientes, se instaló una sensación compartida: la despedida no alcanzó. Que faltó algo. Que se merecía más.

Desde CESME nos interesa leer esa sensación no como una queja sobre una noche puntual, sino como un emergente colectivo que dice mucho sobre lo que estamos atravesando como sociedad.

¿Qué hubiera sido suficiente?

Probablemente nada. No porque faltaran luces, invitados o fuegos artificiales, sino porque lo que se despedía no era solo un jugador. Era una forma de estar en el mundo que cada vez encontramos menos. Ninguna ceremonia está a la altura de lo que se pierde cuando se pierde algo escaso.

La autoridad que escasea

Messi encarna algo cada vez más raro en la vida pública argentina: una autoridad que no se impone, se reconoce. No grita, no humilla, no reclama. Paulo Freire distinguía entre autoridad y autoritarismo. La primera se legitima en el ejemplo y la coherencia. El segundo necesita del ruido y la coerción. Messi es casi un caso de manual de la primera. Por eso su despedida funcionó como espejo incómodo: mientras él ponía la pelota en el lugar justo, lo que lo rodeaba ponía una marca en el cielo.

El duelo detrás del reclamo

Hay deudas simbólicas que no se pagan. Messi dio más de lo que se le pidió, y eso genera algo parecido a la culpa colectiva: la sensación de no poder devolver. El reclamo de que "se merecía más" es también una forma de tramitar un duelo. Es más fácil decir "faltó algo" que quedarse con la tristeza de que algo terminó. La queja ordena lo que el dolor desordena.

Lo que despertó la falta

La sensación de que nada estuvo a su altura no habla solo de esa noche. Habla de una época en la que escasean las referencias que inspiran sin pedir nada a cambio. Cuando se va una de las pocas que quedaban, el vacío se nota más. Por eso la despedida dolió en lugares que no tienen que ver con el fútbol.

Ritual vs. espectáculo

Lo que emocionó fue lo simple: una canción, una voz, el estadio cantando. Lo que molestó fue lo producido para vender. Pierre Bourdieu diría que se intentó convertir capital simbólico en capital económico, y la gente percibió la operación. Naomi Klein lo leería como el avance de la marca sobre el último territorio que se creía no mercantil: el afecto colectivo. Una comunidad sabe hacer sus ritos de despedida. No necesita drones. Necesita que la dejen despedirse.

Entonces, ¿qué alcanzaba?

Quizás lo mismo que él ofreció siempre: presencia, sencillez, gratitud. Un rito donde se pudiera decir gracias y llorar sin apuro. Lo suficiente no se mide en producción, se mide en reconocimiento.

Grupos fuertes, unidos

Messi nos dejó quizás la mejor frase y el mejor ejemplo:

"Para conseguir objetivos grandes hay que hacer grupos fuertes, unidos..."

Su autoridad nunca fue individualista. Siempre repartió el mérito, siempre habló del grupo. Y ahí está, tal vez, su herencia más valiosa: cuando se va el referente, lo que queda es el grupo. El duelo no se tramita en soledad, se sostiene entre otros.

Desde la salud mental comunitaria lo sabemos bien: los comedores, los clubes, las escuelas, las bibliotecas y los centros vecinales son grupos fuertes que producen salud todos los días, aunque nadie les arme una ceremonia.

La pregunta para afuera de la cancha

¿Cuántas autoridades legítimas tenemos en nuestros barrios? Maestras, referentes de comedores, entrenadores de club. ¿Las reconocemos antes de que se vayan, o también llegamos tarde con el homenaje?


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